Silviano
Carrillo Cárdenas
(1861
– 1921)
Nació
en Pátzcuaro, Michoacán el 4 de mayo de 1861, sus padres, don Juan
Carrillo Zarco y Doña Librada Cárdenas Ramírez, cristianos de firmes
convicciones, llevaron a bautizar a su primogénito al día siguiente de su
nacimiento en la parroquia – santuario de Nuestra Señora de la Salud en la
misma ciudad.
Su infancia transcurrió en medio de
peligros, cambios de domicilio y pobreza a causa de la guerra de reforma y de la
intervención francesa. Sus padres tuvieron que trasladarse a: Calderón,
Guanajuato, Puruándiro, Michoacán y regresaron nuevamente a Pátzcuaro. Allí
inició sus primeros estudios.
Cuando Silviano tenía siete años de edad
se fueron a radicar en Zamora, Michoacán y continuó su instrucción primaria.
Sintiendo la vocación al sacerdocio ingresó al seminario y cursó el primer año
de latín (1871).
En agosto de 1872 su familia se fue a vivir
en Guadalajara; Silviano continuó sus estudios en el Seminario Diocesano.
El joven seminarista Carrillo se distinguió
por su dedicación al estudio, su humildad, su gran piedad, su trabajo amable.
Perdió a sus padres antes de ver coronado su anhelo de ser sacerdote. Para
ayudar económicamente a su familia pintaba óleos religiosos y los vendía.
El día 26 de diciembre de 1884, fue
ordenado sacerdote por el Excmo. Señor D. Pedro Loza y Pardavé, Arzobispo
de Guadalajara, en la capilla del palacio arzobispal.
Al día siguiente, celebró su primera Misa
en la sacristía del seminario.
Ejerció su ministerio en Guadalajara por
breve tiempo, en el templo de la Soledad y en la Parroquia de Jesús.
En agosto de 1885 fue destinado como
ministro a Cocula, Jalisco, y allí con todo el entusiasmo de su juventud,
se entregó a la catequesis de los niños y los adultos y a formar a los fieles
en el ejercicio de la caridad por medio de las conferencias de San Vicente de
Paul. Construyó un templo a San Pedro, acondicionó el edificio destinado a
hospital y mejoró la Casa de los Ejercicios.
Era incansable en el confesionario, en la
predicación y en la dedicación a los pobres.
Siempre afable y cariñoso, risueño y
accesible, con instruidos o ignorantes, ricos o pobres, ancianos o niños,
hombres o mujeres, amigos y enemigos. Era un sacerdote según el Corazón de
Cristo.
El 16 de julio de 1895 fue nombrado párroco
de Ciudad Guzmán (Zapotlán el Grande, Jalisco) y con un corazón de padre
y pastor se entregó de lleno al bien de su parroquia.
Fue un hermano generoso y abierto a sus
compañeros sacerdotes y un guía y protector para los estudiantes del seminario
auxiliar de Zapotlán. Promovió entre los indígenas la vocación sacerdotal y
varios de esos jóvenes llegaron al sacerdocio.
Sembrador de la paz y la justicia, defendió
a los obreros, indígenas y campesinos para quienes organizó sociedades
mutualistas, escuelas y talleres de artes y oficios donde aprendían : zapatería,
herrería, platería y fundición de metales, carpintería y relojería. Trabajó
sin descanso por unir a las clases sociales y hacer de su feligresia una
verdadera comunidad cristiana.
Vivió pobremente y fue n padre para los
pobres. Cuanto regalo recibía era para los más necesitados, llegando a
desprenderse aun de sus pertenencias personales a favor de los pobres.
Amigo de los presos estaba pendiente de
llevarles consuelo espiritual y con ayuda de varias familias les proporcionaba
comida diaria.
Los niños fueron la porción predilecta de
su parroquia y para ellos fundó y sostuvo escuelas, esforzándose porque fueran
ante todo, centros de evangelización y respondieran al las necesidades
culturales de la época. Las dotó de los mejores maestros, edificios, métodos
y material escolar. Él mismo se constituyó en maestro de religión y en forma
práctica, les educaba en la caridad hacia el prójimo.
Predicador constante y lleno de fe,
catequista abnegado y piadoso promotor del culto, especialmente de la Eucaristía,
a la Santísima Virgen a quien amaba con ternura y al Señor San José, Patrono
de su Parroquia. El ministerio de la reconciliación le llevaba largas horas en
el confesionario y los fieles se acercaban a él con gran confianza.
En las grandes calamidades que sufrió
Ciudad Guzmán, provocadas por el Volcán Colima, como el terremoto del 7 de
junio de 1911 y la lluvia de arena volcánica acaecida el 20 de enero de 1913
Don Silviano Carrillo se manifestó como el verdadero sacerdote de Cristo que
hace presente el amor de Dios, atendiendo sin descanso a los agonizantes y
heridos, y organizando la ayuda para todos los damnificados.
El 18 de julio de 1901 un ladrón robó
del sagrario de la parroquia un vaso sagrado con algunas hostias consagradas.
Este sacrilegio le fue particularmente doloroso y fue el llamado definitivo del
espíritu santo para que se convirtiera en el fundador de una congregación
religiosa cuyas hermanas se dedicarían a amar y adorar a Jesús Sacramentado y
a darlo a conocer y hacerlo amar por medio de la educación cristiana de la niñez
y la juventud. El 25 de noviembre de 1904 nació la Congregación de Hermanas
“Siervas de Jesús Sacramentado”, con la autorización del Excmo. Señor
J. Jesús Ortiz que pronto se extendió por México y más allá de las
fronteras, siempre al servicio de la iglesia en el campo escolar.
Se valió del periodismo para llevar la
buena nueva a todos los rincones de su parroquia. Editaba varios periódicos,
entre los que sobresalieron: “Unión Católica” y “La Luz de
Occidente”. Frente a las leyes anticlericales y las leyes impías, el Sr.
Cura Silviano Carrillo, como hijo amoroso y fiel, con sus artículos valientes
salió en defensa de la Iglesia y de la verdad.
Durante la persecución religiosa iniciada
en 1914, fue perseguido a muerte, y tuvo que permanecer oculto por más de dos años.
El sufrimiento lo unió más a Cristo…
El Excmo. Señor D. Francisco Orozco y Jiménez,
Arzobispo de Guadalajara, nombró al Sr. Cura Carrillo Canónigo del Cabildo
de Guadalajara, en noviembre de 1916. nuevamente pudo dedicarse a su
ministerio, en especial al de la confesión y la dirección espiritual de sus
religiosas que también habían sufrido a causa de la persecución, la
exclaustración, y otras mil penalidades. El padre fundador fue señalando
la espiritualidad eucarística que debía ser la herencia de las Siervas
de Jesús Sacramentado.
Su Santidad, el Papa Benedicto XV, lo
preconizó como V obispo de Sinaloa y el 24 de febrero de 1921 recibió
la Ordenación Episcopal en la Ciudad de Guadalajara. Antes de partir para
su diócesis se despidió de sus religiosas y de sus queridos fieles de Ciudad
Guzmán. A todos les dejó como testamento espiritual estas palabras: “Amaos
unos a otros… vivid siempre unidos, conservad vuestra fe y vuestro amor a
Cristo, venerad y respetad a vuestros obispos, obedeced a las autoridades
civiles en todo lo que no comprometa vuestra conciencia. Cumplid el precepto
esencial de Jesucristo: Amaos unos a otros”.
Como obispo y pastor de Sinaloa inició una
renovación cristiana, centrada en la Eucaristía. Reabrió el seminario
diocesano y trató paternalmente a los seminaristas, con quienes compartía lo
poco que recibía para proporcionarles ropa, alimentos y hasta golosinas.
Su última labor pastoral, consagrada también
a la Virgen Santísima, solo duró seis meses. Tras una breve enfermedad que rápida
y misteriosamente se agravó, el señor, su Dios, lo llamó para hacerlo partícipe
del gozo definitivo, el 10 de septiembre de 1921 en Culiacán, Sinaloa, sede de
su diócesis.
Silviano Carrillo, Obispo de Sinaloa, como
siervo fiel, sigue alabando a su Dios con las palabras que fueron la expresión
de su vida: ¡Bendito Sea Dios!